MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sammy y el latigazo del Roadhouse Blues



“Enróllate, nena, enróllate toda la noche (…) Me he levantado esta mañana y me he tomado un cerveza. El futuro es incierto y el final siempre está cerca”. El latigazo siempre llega, aunque no lo esperes. Es lo que tienen los conciertos de rock. Mientras miras hacia el escenario puedes divagar, beber, soñar, imaginarte el personaje de la canción, resolver dudas sobre tu porvenir, recordar un pasado que no fue tan glorioso... puedes flagelarte pero al final, el latigazo te atiza. El pasado 14 de septiembre, el patio del Monasterio de la Cartuja de Sevilla tenía ambientazo para rendir tributo en vida a Máximo Moreno, el pintor hispalense que pintó algunas de las portadas más emblemáticas de Triana, Lole y Manuel o Miguel Ríos. Al escenario subían bailaores, cantantes y músicos de flamenco y rock (progresivo) andaluz.
De repente, suenan guitarras blueseras y aparece un tipo con el flequillo sobre la cara, desgarbado, que se descoyunta, que mueve las manos a lo Jagger, larguirucho y punkarrón. Pocos le conocen pero ha comenzado de forma raquítica y pausada a disparar los versos del Roadhouse Blues de The Doors. A las seis cuerdas Pájaro (Andrés Herrera ha tocado con muchos pero para en el recuerdo queda su paso por Pata Negra o Silvio) y Charlie Cepeda. La gente se levanta, es un blues en toda regla. Todos corean el ‘Let it roll, baby, roll / Let it roll, all night long'. Ese tipo que canta se llama Sammy Fernández y es hijo de Silvio FernándezMelgarejo (Silvio y Luzbel, Silvio y Sacramento, Silvio y Barralibre), el Curro Romero del rock and roll sureño que  murió en 2001. Silvio el sevillano se casó con una rica heredera británica pero no duró mucho, el último rocker tenía más alas que un Red Bull, aunque lo suyo no fueran las bebidas isotónicas. Silvio es leyenda y más aún después del documental ‘A ladiestra del cielo´ (2007), de Paco Bech. Estaba claro que ese chaval llevaba metralla en su ADN. Sammy, que durante años no supo ni jota de su padre, también comenzó tocando la batería, luego montó The Dealers y ahora lidera a Dienteslargos, otra banda de r&r.
Lo que resulta intrigante es que en pocas semanas, esa canción de The Doors, Roadhouse Blues, ha reaparecido en mi realidad como un latigazo. Ayer, 25 de septiembre, volvió a torpedear mi lóbulo frontal. Escuchaba Radio 3 cuando José Manuel Sebastián emitía la entrevista con el afamado crítico de rock Greil Marcus, que acaba de publicar en España ‘Escuchando a The Doors’. Mientras recorría las carreteras californianas para visitar a su padre en una residencia, la radio escupía canciones sin parar. Marcus cayó en la cuenta de que las canciones de la banda de Jim Morrison, a pesar de tener más de cuarenta años, eran reproducidas día sí día también. Así empezó a bocetar su estudio sobre las canciones del grupo de Los Ángeles. Fui a paso ligero a una librería y me hice con la obra de Marcus, fundamental para explicar por qué llegan los latigazos cuando escuchamos los compases del Roadhouse Blues.
Situémonos. El tema –un blues sin postureo- fue grabado en noviembre de 1969. Ocho meses antes, Morrison había sido arrestado, tenía juicios pendientes, una gira de tres meses tuvo que ser cancelada. Como recuerda Greil Marcus, “el fantasma de la carnicería de Charles Manson se cernía sobre todo icono de Hollywood, parásito o músico de rock and roll, como si fuera el Vietnam de los Ángeles. Morrison no necesita a Manson para seguir bebiendo. Llevaba años siendo un borracho más decidido, violento, serio, reflexivo, inepto, poco fiable, un degenerado más insoportable de lo que sus amigos , su novia, los otros miembros del grupo hubieran visto antes”. En una entrevista, el cantante de The Doors asegura que “cuando te emborrachas… controlas totalmente hasta cierto puno. Es una elección tuya, cada vez que tomas un sorbo. Tienes un montón de pequeñas posibilidades entre las que escoger. Es como… supongo que es la diferencia entre el suicidio y una lenta capitulación”.
Según Marcus, The Doors ya no saben por qué están en este mundo, “ya no querían responder a las grandes preguntas, solo querían que las canciones funcionaran”. Lo que volvieron a descubrir en Roadhouse Blues no era ningún estilo en particular, ninguna vuelta a los fundamentos, a lo esencial, a las raíces, “sino el lenguaje del miedo que guió a The Doors: no las palabras, sino el modo en el que se cantaban las palabras”. En las estrofas de este tema, Marcus ve los versos más dolorosos, los más convincentemente fatalistas en toda la trayectoria de The Doors.

Marcus explica que la historia de Roadhouse Blues es simple. Hay un bar de carretera. La gente va allí a emborracharse, a encontrarse con otras personas. Tiene bungalows en la parte de atrás. “La orden al principio de la canción es tan seria, tan merecida, que casi te hace mirar de reojo mientras escuchas, mientras mantienes los ojos en la carretera, mantienes la velocidad constante, para llegar allí antes de que sea demasiado tarde, de que la banda haya recogido y de que los bungalows ya estén todos ocupados. El sonido de la batería mantiene la unidad de la canción mientras la guitarra va en una dirección; el cantante en otra”.
Morrison grita sus palabras, limpiamente –“keep your eyes on the road, your hands upon the wheel” ("Mantén los ojos en la carretera, las manos sobre el volante")-, “arrastrando el wheel hacia abajo, creando una sensación de peligro, el uso del formal upon expulsando la historia del presente, a un pasado-futuro en el que las normas no serán aquello a lo que estás acostumbrado, sea lo que sea”, comenta uno de los gurús de la crítica de rock. Hay quien habla de la vulgaridad de esta canción -“si es solo un blues”, dicen- pero en esa interpretación “escuchas el miedo, la desesperación y el pavor” que está en la música de The Doors.
Lo más llamativo para el crítico estadounidense es que esta canción no aportó mucho en su época, “es una canción que tuvo que esperar muchos años para encontrar su público. Es fascinante como se relaciona música y tiempo, con el hecho de que su público puede que no hubiera nacido cuando se grabó”. Roadhouse Blues se ha ido actualizando con el tiempo, “la canción no ha sido derrotada ni reducida ni suavizada por el tiempo, sino que ha ido ajustándose a él ritmo a ritmo, paso a paso”.
Salud. [Con cariño para Raquel y los que me acompañaron a Sevilla].