MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


domingo, 3 de julio de 2011

Elogio del retrete... japonés



Domingo bajo una parra. Huele a suelo húmedo de manguera. Las cornetas de San Juan llevan una semana calladas. He hablado con Carlos Torres en Facebook. Mientras chateo me hago con un librito del estante. ‘El elogio de la sombra”, un ensayo del maestro japonés Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886-Yugawara, 1965). No tengo ni idea de quíen es pero el rollito Siruela lo agradece el tacto. Leo en las solapillas que en Occidente la luz ha sido el más poderoso aliado de la belleza. Y que en la estética tradicional japonesa lo esencial es captar el enigma de la sombra. Aquí os dejo uno de los pasajes más bellos, tengo que ir al baño.
“Siempre que en algún monasterio de Kyoto o de Nara me indican el camino de los retretes, construidos a la manera de antaño, semioscuros y sin embargo de una limpieza meticulosa, experimento intensamente la extraordinaria calidad de la arquitectura japonesa. (…) lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés. Siempre apartados del edificio principal, están emplazados al abrigo de un bosquecillo de donde nos llega un olor a verdor y a musgo; después de haber atravesado para llegar una galería cubierta, agachado en la penumbra, bañado por la suave luz de los shoji y absorto en tus ensoñaciones, al contemplar el espectáculo del jardín que se despliega desde la ventana, experimentas una emoción imposible de describir. El maestro Soseki, al parecer, contaba entre los grandes placeres de la existencia el hecho de ir a obrar cada mañana, precisando que era una satisfacción de tipo esencialmente fisiológico; pues bien, para apreciar plenamente este placer, no hay lugar más adecuado que esos retretes de estilo japonés desde donde, al amparo de las sencillas paredes de superficies lisas, puedes contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje. Aún a riesgo de repetirme, añadiré que cierto matiz de penumbra, una absoluta limpieza y un silencio tal que el zumbido de un mosquito pueda lastimar el oído son también indispensables.
Cuando me encuentro en dicho lugar me complace escuchar una lluvia suave y regular. Esto me sucede en aquellas construcciones características de las provincias orientales donde han colocado a ras de suelo unas aberturas estrechas y largas para echar los desperdicios, de manera que se puede oír, muy cerca, el apaciguante ruido de las gotas que, al caer del alero o de las hojas de los árboles, salpican el pie de las linternas de piedra y empapan el musgo de las losas antes de que las esponje el suelo (…) los antiguos poetas de haiku han debido de encontrar en ellos innumerables temas. Por lo tanto no parece descabellado pretender que es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento. (…) Comparada con la actitud de los occidentales que, deliberadamente, han decidido que el lugar era sucio y ni siquiera debía mencionarse en público, la nuestra es infinitamente más sabia porque hemos penetrado ahí, en verdad, hasta la médula del refinamiento. (…) el hecho de que en esos lugares reine el frío igual al que reina al aire libre sería un atractivo suplementario. (…) En una casa corriente no es tan fácil mantenerlo limpio. Por muy vigilante que estés y por muy puntualmente que pases la bayeta, en un suelo de madera o cubierto de esteras las manchas acaban finalmente por saltar a la vista. He aquí por qué un buen día decides poner baldosas e instalar una taza con cisterna, pertrechos, sin duda, mucho más higiénicos y más fáciles de mantener pero que, en cambio, ya no tienen la menor relación con el “refinamiento” o el “sentido de la naturaleza”. Colocado bajo una luz cruda, entre cuatro paredes más bien blancas, se perderá toda gana de entregarse a la famosa “satisfacción de tipo fisiológico” del maestro Soseki. (…) la cuestión está en saber si realmente hace falta prestar tanta atención a un lugar destinado a recoger los deshechos de nuestro cuerpo. Del mismo modo que sería totalmente inadecuado que la joven más bella  del mundo, aunque su piel fuera de nácar, exhibiera en público sus nalgas y muslos, sería también una total falta de educación iluminar ese lugar de forma tan escandalosa, basta con que la parte visible esté impecable para que se tenga una opinión favorable de la que no se ve”.