MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


domingo, 2 de enero de 2011

¿Me cambia para tabaco?


¿Me darías un cigarrillo?­–te cojo el mechero–¿me cambias para tabaco? –¿por favor, le das al mando? –¡joder qué humareda! –¿no tendrás un papelillo? –no pasa nada, esta maría no huele mucho–¡ostias, que me quemas! –lo siento, sólo me queda uno… 
Todavía no he entrado a un bar en 2011. Las expectativas de ansiedad están retrasando la hora de la verdad. Y no tanto por ese gustito que da depositar librillo, mechero y paquete de liar sobre la barra, pedir una cañita con la espuma cremosa y prenderle lumbre al ansiolítico que más rápido se consume y metaboliza en el cerebro. Me jode por la cantidad de frases y situaciones que desaparecerán de la realidad –y del imaginario– tabernero y discotequero. Nunca mais tocar ese hombro para pedir un pitillo y comprobar que esa melena y ese culo tienen un rostro ad hoc; se acabó el hacer gestos a lo Ian Dury a cinco metros del camarero pidiéndole que apriete de una vez el maldito mando garajero que conecta el dispositivo antimenores de las máquinas expendedoras; desterrada quedará para siempre la solidaridad in situ, esa que hace que abras el librillo de papel y cojas cuatro o cinco cuando sólo te han pedido uno… Ya no podrás convencer al colega de que ese garito no merece la pena con la socorrida “Uf, hay mogollón de humo, vamos a ese otro”. Como no consigo arrancar el motor, voy a echar un vistazo en el Bingo de la calle Carretas, a ver si me quito el mono. Pensándolo bien, voy a proponerle a los de dueños del Lamiak, Perlora, Alfaro, Lastra, La Mina –y tantos otros– que practiquen la política compasiva de reducción del daño y aprovechen para lanzar un nuevo sustitutivo, la metadona del ex fumador de bar. Es sencillo. En invierno y nada más atravesar las puertas del saloon nos encontraremos con una tacita de barro cargada de sopa de ajo o caldito de puchero; en verano, gazpachito o salmorejo en vaso de chupito. Todo ello by the face, sólo por el  hecho de elegir ese establecimiento. Es decir, una ampliación del aperitivo. Una tapa meditada que nos acompañará el ratito de bar que aconseja cualquier manual de sociabilidad. Ese pre-aperitivo será obligatorio, hará que borremos más rápidamente el deseo de aspirar a través del filtro. Después, toca pedir. Mientras observas con los pelos de punta la habilidad del tirador de cerveza, esa manera de colocar el vaso, de calibrar el grifo, de cortar por lo sano la espuma que no vale, la conversación sin adornos no debe faltar. En esos 30 segundos que tarda en servirte, antes del día 2 yo ya  había desenfundado el cigarrito y estaba a punto de chiscar la piedra. Ahora, necesitaré, como poco, un diagnóstico breve y sin tópicos de la situación de la deuda española. El rato que dura la consumición no debe convertirse en algo cotidiano y ordinario. Como es improbable que las tascas accedan a poner gratis un minisashimi, recomiendo las olivas de toda la vida. Sí, engordan pero si hay uvas ecológicas sin pipos, también habrá aceitunas light que no pierdan ese sabor tan español. Cervecita al pecho y a abonar la cuenta. Aquí puede entrar la cuota cultural de todo este santo rito. Junto a las vueltas, el camarero dejará la típica entrada con descuento para Faunia, Circo Mundial o Aquapark, y que te servirá para hacer origami mientras llegas al siguiente bareto. Hasta este punto, ni un cigarro. Me voy para casa, no lo veo claro.