MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Ayer viajé en una frenada sin fin

Ayer viajé en una banda de rodadura de un neumático. El espacio se aceleró. Me monté en una frenada sin fin que duró hora y media. Era como si hubiese empequeñecido y la rodada del frenazo ganase intensidad sonora cada kilómetro recorrido. iiiiiiiiikk iiiiiiiiiikk iiiiiiiiikkk iiiiiiiik Adrenalina y tensión. No sé si fue la calaíta que di antes del concierto, las imágenes a mil por hora en una pantalla gigante o el poderío del rock industrial de Lagartija Nick. Lo cierto es que me quedé pegado al caucho. Por momentos tuve que cerrar los ojos. Los caños de luz montaban a velocidad del rayo ilusiones ópticas que no podía controlar. En este ambiente estroboscópico, los dedos del bajista soltaban balazos directos al corazón. Los golpes de batería, secos como el aire de la sierra granadina, me remataban en el asiento del Auditorio 400 del Museo Reina Sofía. Los collage homenajeaban a José Val del Omar, un creador difícil de definir que nació en 1904 y se mató en un accidente de coche a principios de los 80. Val del Omar y Lagartija Nick son de Graná, casi na que diría el Payo Malo. En el concierto se fusionaron música, luz e imágenes. Así lo hubiera querido el cineasta, el técnico que a finales de los años 20 colaboró en la Misiones Pedagógicas de la Segunda República y que luego formuló el concepto PLAT (Picto-Lumínica-Audio-Táctil), el sonido diafónico y el salirse fuera de los límites de la pantalla. Visitantes de La Alhambra –de sus jardines, de sus fuentes– reproducidos como hormigas que buscasen la belleza sin contemplar, sin gozar. La mirada de los santos y las vírgenes de la catedral, tormento de piedra impasible. David Carradine como empeñado en representar toda una época mientras pasan cientos de fotogramas como en una terapia de la Naranja Mecánica... Acabó el espectáculo y quedé tan extasiado que no me apetecía ni pedir un bis. Como dijo Val del Omar: "Yo era un ciego harto de antifaces, apeteciendo transparencias".

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Vivan las fuerzas de intervención urbana


Suelo y pared. Una mancha, por pequeña que sea. Una grieta, por imparable que parezca. Un embalaje, por frágil que se vea. Una pintada, por inofensiva que se intuya. Una meada, por mal que huela… las calles son fascinantes, cambian cada segundo. Reconozco que soy un fanático de la intervención urbana, de usar el espacio de convivencia como un huerto. Donde las plantas aromáticas huelan a aerosol marca Montana, las verduras sean cajas de zapatos apiladas sin concierto, y la tierra abonada sea el asfalto fisurado y las paredes con desconchones. En el centro de las grandes ciudades, nunca pasas dos veces por la misma calle aunque pases mil veces por la misma calle. Vivo en el cogollo de Madrid y siempre me gustó el trabajo de Eltono y Nuria Mora.  Texturas carcomidas por el abandono y el tiempo resucitaban en estructuras coloridas a golpe de cinta y brocha de pintor. Eltono (París 1975) se hizo mayor y su arte llegó a las galerías y museos. Acabo de ver una de sus últimas intervenciones, un dueto junto con el artista norteamericano Momo. La pareja se dedicó a recoger viejas maderas y restos de muelles en desuso del East River neoyorquino para reconvertirlos en mecanismos autónomos que se mueven con la marea, con el viento. Pero también hay interventores como Jo-se Trobo. No he visto ninguna de sus obras en vivo pero en el portal de mi casa encontré un día una pequeña pegatina: un certificado postal de Deutsche Post con cuatro círculos –tres verdes y uno azul–, una llamada de atención con rotulador – OHH!?–, y una web domiciliada en Turquía. Demasiados elementos para quedarme quieto. En la dirección de Trobo aparecen residuos (papel, cartón, plástico, madera…) amontonados, de esos que se ven junto a los contenedores de recogida selectiva. Trobo hace decoración de exteriores con pinceladas de negro acrílico.
Para acabar me gustaría recomendar a Neorrabioso, firma para las paredes madrileñas de Alberto Batania, poeta vizcaíno y vigilante nocturno en un garaje de la capital. Con una tipografía sin adornos, este grafitero construye en pocas palabras dardos que hieren, enojan y entusiasman por igual. Sus versos de tinta gorda lo dicen todo: “¿Occidónde?”, “Dios se escribe con tx”, “Tus caballos se mueren por falta de viento”, “Inmigracias”, “Vuestro nivel de vida es nuestro nivel de muerte”, “El amor se parece a tres pelotas de tenis”, “Las rosas siempre llegan puntuales a su funeral”, “A estas alturas de lágrimas”, “Odio las banderas que me han tocado”. Ya me he quedado a gusto. Así, que desde aquí pido muchas más fuerzas de intervención urbana. En Vitoria todo es más aburrido.