MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


martes, 19 de octubre de 2010

God Save al Poison o ¡Viva el ArteSano!

Kiko Veneno ¡eres un arte-sano! Aviso: el contenido de este post es un panegírico del copón, escrito horas después de su actuación en el Centro Cultural Miguel Delibes de Valladolid y espolvoreado con un poco de rama de Cartagena, que también es molt bona, molt bona. Allá por mi adolescencia –voy para los 43– me di de bruces con esta fotocopia en A-4 de color asalmonado: Feria de Paradas, Sevilla. Concierto de rock. Kiko Veneno y Barralibre. 100 pesetas. El flyer, que no llegaba a hoja volandera, se cruzó por mi camino y trastocó mi destino emocional. Aquel tipo de mechón blanco se marcó una actuación que ya quisieran para sí las más glamurosas ferias de verano del sur de Europa. Eran tiempos de manager, ratitas divinas y arcas de Noé. Como un niño-proleta recién salido del tubo del ensayo social, aluciné con ese tipo que se curraba cada tema como obrero especializado y que mandaba como capataz para ora llevarte al bailongo rumbero, ora a las cancioncillas de amor que te hacen reir y llorar, beber y beber; ora al rocanrol y al blues más folkilizado y vitaminado del mes de agosto. Kiko Veneno es street-art, constructor de collage de lo que pasa en la calle. Y eso probablemente sólo lo entendamos los que somos –o nos creemos– sureños, sureños del norte al sur que decía Silvio Fernández Melgarejo, el Silvio de Barralibre. Después de aquel concierto sevillano, he seguido escuchando el trabajo del catalándaluz muy fino que es Kiko Veneno. Nunca le he buscado salvo el 16 de octubre en Valladolid. Allí fui queriendo, necesitaba encontrar el punto de soldadura entre la peseta y el euro, entre el rebujito y el gintonic de Hendricks con pepino, entre el vespino y el iPhone, entre las tortas de manteca y el sushi. Kiko y su banda del Retumbe pueden salir al escenario uniformados de yogui budista blanco y albero, o en pelota picada, pero siguen siendo músicos de feria de caseta municipal. Y no por sonar a tómbola y minifalda de lentejuela. Es arte-sano. Da la sensación que viajas en el tiempo, a la rotonda arenosa de la feria, al ruedo donde madres, amores de verano, porreros, pandillas y delinqüentes se hermanaban para disfrutar del calor de la noche. Alguien que es capaz de homenajear a Andalucía sin parecer pagado por la Junta o de extraerte de algún rincón del cerebro los cachitos de hierro y de cromo, se merece unas palmas de las buenas. God save al Poison.