MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


miércoles, 13 de octubre de 2010

Alubias de Kapoor a la bilbaína


Dice la Rachel que el Bilbao de su adolescencia era un botxo gris pero auténtico y radical, que en Barrenkalle los bares tronaban rock and roll. Que más valía ser punki que maricón de playa. Que no había pintxos de diseño con cebolla caramelizada ni grupos de turistas a lomos de tranvías buscando el Guggenheim. Que había ruido de policías y broncas callejeras. Que el desorden y el caos tenían también su punto. Pero la Rachel también dice que la gente es ahora más feliz. Que Bilbao, en 2010, se ve y se siente, que el cielo y la ría huelen a limpio, aunque no haya un puto taxi un domingo a las 12 de la mañana. No voy a montar aquí un documental de La 2 a vista de pájaro, pero la capital vizcaína se ha convertido, como otras ciudades-pueblo norteñas, en un lugar para sentirse a gustito. Y más, si eres del Athletic, pasas de Begoña y te la sopla el PNV. Tener a tiro piedra un museo donde entender el cuelgue masa-vacío del artista indio Anish Kapoor, los aires finolis y funcionales de Philippe Starck y las croquetas de bacalao es puro lujo. Kapoor ha montado en el Guggenheim un perfecto espectáculo de materia prima. Cañones de aire comprimido que lanzan sobre una inmensa pared cápsulas de cera al aceite con color a casquería contrastan con las alubias y bubbles gigantes de acero inoxidable proyectadas en ciudades norteamericanas. Los espejos deformantes te moldean como ‘giacomettis’ en movimiento, las esculturas de fibra de vidrio impregnadas con pigmentos de colores básicos te introducen en un mundo que apetece desmoronar a patadas. Unas cuantas manzanas más allá se levanta La Alhóndiga, un histórico almacén reconvertido por el francés Starck en un centro cultural y de ocio sólo imaginable como divina bilbainada. Arcos de ladrillo limpio , cristal y vigas se sujetan sobre decenas de columnas multiculturales entendidas como aportación estética. Joder, la vena de crítico de arte no me va, pero ante la visión de bañistas a más de veinte metros de altura tengo que quitarme la boina. Sí, obras megalómanas pagadas por el contribuyente que despiertan los sentidos. Y cuando ya no puedes más, te bajas al Casco Viejo y te metes unos pintxos al son de La Polla Records, porque el punk rock sigue siendo el ADN de Bilbao. Aupa Athletic.