MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LOS CIUDANANOS

Yo veo cosas que vosotros no creeríais. Ancianos encaramados a magnolios y tejos hokkaido más allá de la Puerta de Alcalá, patines deslizarse sobre el frio aluminio en la cuesta de Moyano. Veo cámaras de seguridad brillar en la oscuridad apuntando a los bolardos de Lavapiés y skaters galopando el hierro oxidado del Reina Sofía. He visto a Muelle refugiado en la ciudad imperial. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de coñac en un carajillo.
Es hora de vivir.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sammy y el latigazo del Roadhouse Blues



“Enróllate, nena, enróllate toda la noche (…) Me he levantado esta mañana y me he tomado un cerveza. El futuro es incierto y el final siempre está cerca”. El latigazo siempre llega, aunque no lo esperes. Es lo que tienen los conciertos de rock. Mientras miras hacia el escenario puedes divagar, beber, soñar, imaginarte el personaje de la canción, resolver dudas sobre tu porvenir, recordar un pasado que no fue tan glorioso... puedes flagelarte pero al final, el latigazo te atiza. El pasado 14 de septiembre, el patio del Monasterio de la Cartuja de Sevilla tenía ambientazo para rendir tributo en vida a Máximo Moreno, el pintor hispalense que pintó algunas de las portadas más emblemáticas de Triana, Lole y Manuel o Miguel Ríos. Al escenario subían bailaores, cantantes y músicos de flamenco y rock (progresivo) andaluz.
De repente, suenan guitarras blueseras y aparece un tipo con el flequillo sobre la cara, desgarbado, que se descoyunta, que mueve las manos a lo Jagger, larguirucho y punkarrón. Pocos le conocen pero ha comenzado de forma raquítica y pausada a disparar los versos del Roadhouse Blues de The Doors. A las seis cuerdas Pájaro (Andrés Herrera ha tocado con muchos pero para en el recuerdo queda su paso por Pata Negra o Silvio) y Charlie Cepeda. La gente se levanta, es un blues en toda regla. Todos corean el ‘Let it roll, baby, roll / Let it roll, all night long'. Ese tipo que canta se llama Sammy Fernández y es hijo de Silvio FernándezMelgarejo (Silvio y Luzbel, Silvio y Sacramento, Silvio y Barralibre), el Curro Romero del rock and roll sureño que  murió en 2001. Silvio el sevillano se casó con una rica heredera británica pero no duró mucho, el último rocker tenía más alas que un Red Bull, aunque lo suyo no fueran las bebidas isotónicas. Silvio es leyenda y más aún después del documental ‘A ladiestra del cielo´ (2007), de Paco Bech. Estaba claro que ese chaval llevaba metralla en su ADN. Sammy, que durante años no supo ni jota de su padre, también comenzó tocando la batería, luego montó The Dealers y ahora lidera a Dienteslargos, otra banda de r&r.
Lo que resulta intrigante es que en pocas semanas, esa canción de The Doors, Roadhouse Blues, ha reaparecido en mi realidad como un latigazo. Ayer, 25 de septiembre, volvió a torpedear mi lóbulo frontal. Escuchaba Radio 3 cuando José Manuel Sebastián emitía la entrevista con el afamado crítico de rock Greil Marcus, que acaba de publicar en España ‘Escuchando a The Doors’. Mientras recorría las carreteras californianas para visitar a su padre en una residencia, la radio escupía canciones sin parar. Marcus cayó en la cuenta de que las canciones de la banda de Jim Morrison, a pesar de tener más de cuarenta años, eran reproducidas día sí día también. Así empezó a bocetar su estudio sobre las canciones del grupo de Los Ángeles. Fui a paso ligero a una librería y me hice con la obra de Marcus, fundamental para explicar por qué llegan los latigazos cuando escuchamos los compases del Roadhouse Blues.
Situémonos. El tema –un blues sin postureo- fue grabado en noviembre de 1969. Ocho meses antes, Morrison había sido arrestado, tenía juicios pendientes, una gira de tres meses tuvo que ser cancelada. Como recuerda Greil Marcus, “el fantasma de la carnicería de Charles Manson se cernía sobre todo icono de Hollywood, parásito o músico de rock and roll, como si fuera el Vietnam de los Ángeles. Morrison no necesita a Manson para seguir bebiendo. Llevaba años siendo un borracho más decidido, violento, serio, reflexivo, inepto, poco fiable, un degenerado más insoportable de lo que sus amigos , su novia, los otros miembros del grupo hubieran visto antes”. En una entrevista, el cantante de The Doors asegura que “cuando te emborrachas… controlas totalmente hasta cierto puno. Es una elección tuya, cada vez que tomas un sorbo. Tienes un montón de pequeñas posibilidades entre las que escoger. Es como… supongo que es la diferencia entre el suicidio y una lenta capitulación”.
Según Marcus, The Doors ya no saben por qué están en este mundo, “ya no querían responder a las grandes preguntas, solo querían que las canciones funcionaran”. Lo que volvieron a descubrir en Roadhouse Blues no era ningún estilo en particular, ninguna vuelta a los fundamentos, a lo esencial, a las raíces, “sino el lenguaje del miedo que guió a The Doors: no las palabras, sino el modo en el que se cantaban las palabras”. En las estrofas de este tema, Marcus ve los versos más dolorosos, los más convincentemente fatalistas en toda la trayectoria de The Doors.

Marcus explica que la historia de Roadhouse Blues es simple. Hay un bar de carretera. La gente va allí a emborracharse, a encontrarse con otras personas. Tiene bungalows en la parte de atrás. “La orden al principio de la canción es tan seria, tan merecida, que casi te hace mirar de reojo mientras escuchas, mientras mantienes los ojos en la carretera, mantienes la velocidad constante, para llegar allí antes de que sea demasiado tarde, de que la banda haya recogido y de que los bungalows ya estén todos ocupados. El sonido de la batería mantiene la unidad de la canción mientras la guitarra va en una dirección; el cantante en otra”.
Morrison grita sus palabras, limpiamente –“keep your eyes on the road, your hands upon the wheel” ("Mantén los ojos en la carretera, las manos sobre el volante")-, “arrastrando el wheel hacia abajo, creando una sensación de peligro, el uso del formal upon expulsando la historia del presente, a un pasado-futuro en el que las normas no serán aquello a lo que estás acostumbrado, sea lo que sea”, comenta uno de los gurús de la crítica de rock. Hay quien habla de la vulgaridad de esta canción -“si es solo un blues”, dicen- pero en esa interpretación “escuchas el miedo, la desesperación y el pavor” que está en la música de The Doors.
Lo más llamativo para el crítico estadounidense es que esta canción no aportó mucho en su época, “es una canción que tuvo que esperar muchos años para encontrar su público. Es fascinante como se relaciona música y tiempo, con el hecho de que su público puede que no hubiera nacido cuando se grabó”. Roadhouse Blues se ha ido actualizando con el tiempo, “la canción no ha sido derrotada ni reducida ni suavizada por el tiempo, sino que ha ido ajustándose a él ritmo a ritmo, paso a paso”.
Salud. [Con cariño para Raquel y los que me acompañaron a Sevilla].

lunes, 17 de septiembre de 2012

El polvo eterno y un adiós



A plomo. Así les vi marchar y juro que me hubiera lanzado a por ellos. Nadie, ningún río les devolverá vivos por muy muertos que hayan estado siempre. A plomo. Sin hacer ruido y follando. Haciendo el amor y en silencio. Ella, Angustias, dándole la espalda para entregarle todo. Ramiro agarrado para no perderse nada. Ocurrió el pasado viernes pero pudo ser cualquier día. Ramiro no necesitaba cruzar a nado cada noche para amarla. Ni Angustias encender una lámpara en lo alto de la torre para guiarle en el mar hacia sus piernas. Y también se los tragó el agua. Fue en uno de esos puentes del nuevo Manzanares (Madrid). La luz atravesaba hasta los cables de sujeción, el agua verde reflejaba otros puentes. La estampa perfecta para sentirse por dentro. Saqué a Ramiro y a Angustias de su cajita y los coloqué junto a una tuerca industrial. Maldito viento. No me dio tiempo ni a mirarles cuando les vi caer al agua desde una altura de cuatro o cinco metros. Pesan poco, tardaron en tocar el agua. Pensé que flotando llegarían hasta la orilla, pero no había corriente y en ese instante, mientras fijaba la mirada sobre la pareja y gritaba como un niño, se voltearon para mirarme y comenzaron a hundirse despacito. Una de esas canciones de Sigur Ros que parecen despedidas eternas se hizo banda sonora. Maldita mi suerte, escuchar esas canciones que nunca he entendido y ahora sé por qué. Eran para ellos, para su adiós. Se difuminaron y allí seguirán, pegados, fusionados, penetrados en el fondo del mar con el soldadito que no pudo agarrarse al barquito de papel. Si Ramiro y Angustias han desaparecido no me pueden hacer creer ahora que aquel muñequito de plomo era el mejor surfero de Mundaka.
Estuve triste, no tanto como para sacar el hielo y el guisqui y recocerme en mi salsa pero sí para entender cuánto significaban para mí Angustias y Ramiro, esa diminuta pareja de plástico que ha protagonizado la serie más caliente de Jong Ki Love. A esos amantes de color carne y pezones oscuros que ido fotografiando a lo largo de los últimos tres meses, les gustaba posar así, follando. Una amiga del FB llegó a enviarme un mensaje privado para decirme “que hasta me pone cachonda verles”. ¡Pues claro! Cuando hace más de dos años comencé con el proyecto We Are No Alone, la liberación de unas pequeñas figuritas que apenas superan los 2 centímetros de alto no pensé que me engancharía tanto. Y el suceso del otro día me lo ha demostrado. No puedo vivir sin ellos pero quizás va siendo el momento de decirles adiós.

lunes, 14 de mayo de 2012

El Cojo Manteca y el 15M

Me devolvieron la pierna, pero no hay futuro. (by Jong Ki Love)
Querido Jon Manteca, fuiste un visionario. Este año que se cumplen las bodas de plata del Cojo Manteca con el Banco de España, tengo que admitir que dejando a un lado sus métodos de violento-discapacitado-activista, aquel tipo de Mondragón no iba tan descaminado. Veinticinco años hace que el punki ibérico más famoso andaba sin pierna, dando muletazos al letrero de la parada de Metro Banco de España y con una chupa de cuero negro con el símbolo de la paz pintado en blanco y la frase 'mata curas, verás el cielo'. Fue en enero de 1987. Entre finales de 1986 y abril de 1987 se produjo "la puesta de largo revindicativa de la primera generación de la democracia", en palabras del entonces ministro de Educación, el socialista José María Maravall. Hoy, en plena celebración del primer aniversario del 15M, deberíamos echar la vista atrás para recordar que aquellas manifestaciones estudiantiles en toda España fueron la más importante respuesta juvenil que se ha dado en nuestro país para intentar frenar una de las mayores contrarreformas sociales sin contar la que está llevando a cabo el Ejecutivo de Mariano Rajoy. Participación colectiva, autorganización, movimiento de masas de la juventud y papel secundario de los sindicatos de clase. ¿Les suena?
La situación por entonces no era tan distinta a la que vivimos en la actualidad. El paro superaba el 16 por ciento, el gasto en Educación se recortaba brutalmente, las tasas universitarias se incrementaban sin compasión y la reconversión descomponía el tejido industrial. No solo los jóvenes reaccionaron: en el municipio cántabro de Reinosa, los despidos en la empresa Forjas y Aceros provocaron altercados donde la Guardia Civil llegó a usar fuego real y en los que hubo una decena de heridos graves. El 19 de octubre se produjo el conocido como lunes negro, cuando los mercados de valores de todo el mundo se desplomaron a la vez y en muy poco tiempo. Hasta los famosos eran detenidos por defraudar al Fisco (véase el caso de Lola Flores).
Y allí estaba Jon Manteca, un joven de 20 años sin ideología, que mendigaba por las calles de Madrid. Le faltaba una pierna, que había perdido cuando cayó años antes desde una torre de alta tensión a la que se había encaramado. El 'no future' lo llevó hasta sus últimas consecuencias. Ese día, durante la huelga general convocada por el Sindicato de Estudiantes y otras organizaciones sociales y estudiantiles, una gran manifestación ocupaba las calles Alcalá y Gran Vía a la altura del Ministerio de Educación. Por primera vez, estudiantes de toda condición y tendencia dejaron institutos y facultades para reclamar al equipo negociador del Ministerio -curiosamente Alfredo Pérez Rubalcaba era el alto cargo de Educación encargado de negociar con los estudiantes- que aflojase lo recortes. De repente empezaron a bajar por Gran Vía decenas de policías antidisturbios a la carrera y los primeros lanzamientos de botellas de litro de Mahou no se hicieron esperar. Ese día quedó inmortalizado el Cojo Manteca y María Luisa Prada Berenguer, una chica de 14 años que había acudido pacíficamente a la manifestación con sus compañeros de 2º de BUP cuando unos policías abrieron fuego en la calle Barquillo y la hirieron de bala en el glúteo derecho.
¿Qué pensaría Jon Manteca si pudiese ver -murió en 1996 víctima del SIDA- que el objetivo de su ira (el Banco de España) iba a estar en el ojo del huracán veinticinco años después por ser parte responsable de la más grave crisis bancaria de la historia de la democracia? Creo que hubiera hecho lo mismo, era un punki desencantado con ganas de bronca, que poco le importaba por qué protestaban los de su lado. Hoy, los jóvenes -y no tan jóvenes- están desesperanzados, que es peor, pero tienen muy claro que existe otra manera de actuar, de organizarse, de poner en evidencia que algo no funciona. El 15M no se acordará del Cojo, no lo necesita. Los congregados en decenas de ciudades de España han descubierto la desobediencia como arma más eficaz que la muleta, una muleta que al Manteca le servía para escapar de la Policía con una pericia que ya quisieran algunos paralímpicos. Está claro que hoy, mañana y pasado pocos van a salir corriendo y menos destrozarán un mobiliario que consideran también como suyo.


jueves, 16 de febrero de 2012

Petimetres en La Pepa Fashion Week


"Con las bombas que tiran los fanfarrones /se hacen las gaditanas tirabuzones". Con este comienzo -una coplilla cantada por el pueblo de Cádiz durante el asedio francés entre 1810 y 1812- no pretendo apuntalar ese patriotismo deportivo surgido frente a unos guiñoles gabachos, es solo es una excusa para hablar de moda. Sí, de moda. Resulta que en el bicentenario de La Pepa todavía se recuerda el episodio de los obuses franceses, proyectiles que nunca causaron grandes estragos porque o no acertaban o perdían fuerza en su trayectoria. Así que con los restos de plomo de las bombas bonapartistas las mujeres gaditanas se sujetaban los rizos. Una burla digna de chirigota. Mi amiga Margarita dice que eran tantos los obuses lanzados que sus piezas incandescentes parecían fuegos de artificio, algo que celebraba la población como si pudiese disfrutar de fiestas luminosas permanentes.
En esta ciudad rendida a las celebraciones constitucionales y las promesas no cumplidas hay una pequeña, pero muy sugerente, exposición titulada 'La Moda en el Cádiz de 1812' (Centro Integral de la Mujer), un repaso de la indumentaria que se llevaba en la villa portuaria. Lo que más llama la atención son los nombres de prendas y personajes, y cómo han llegado a nuestros días tras 200 años de historia.
Los hombres ya se ponían chupa, prenda de abrigo, ajustada al tronco y sin mangas. Si ahora se adornan con tachuelas y parches de ACDC, en aquella época eran de otomán beige "con un bordado en Punto de Coral múltiple" y los botones llevaban motivos florales. Por lo que leo en varios de los paneles explicativos, los gaditanos se rindieron al estilismo en una suerte La Pepa Fashion Week.
Y ahí estaban los Petimetres, jóvenes de buena familia que destacaban por su manera de comportarse y su preocupación por seguir las modas. Vividores que incluso pillaban tendencias del pueblo llano y luego las adaptaban a su clase con tejidos caros y de lujo.Currutacos, Lechuginos o Pisaverdes eran otros sinónimos para definir a esos caballeros que "solían ser el cortejo de alguna señora casada". También había Petimetras gastadoras y elegantes, y casi siempre desocupadas. Unos y otros estaban ociosos, afeminados, presumidos "y vagando todo el día en busca de galanteo". Niños de papá que hoy pulularían entre el Chamberí madrileño más rancio y que seguramente acabarían la noche en La Posada de las Ánimas intentando deslumbrar a la última expulsada de GH12+1.


Sigamos con la calzona, término aún vigente en algunas partes de Andalucía para definir ese pantalón que ni es corto ni es largo, una especie de Bermuda. En la Cádiz constitucional la calzona era usada por los carniceros y llegaba hasta media pierna. Hoy en día, algunos van con la calzona puesta hasta para dormir. Sería una variante del look chandalero y poligonero para zonas más cálidas.
Los cocineros de la época se vestían con el chanchullo, nombre que despectivamente se le daba al pantalón largo. En las primeras décadas del siglo XIX, los pantalones largos se consideraban amanerados y horteras. Los españolitos de clase alta, más conservadores que franceses e ingleses, no vieron con buenos ojos los chanchullos, que ya se habían extendido entre los trabajadores. En el siglo XXI, las elites políticas y económicas prefieren la definición de la RAE: "Manejo ilícito para conseguir un fin, y especialmente para lucrarse".
Como colofón, un par de apuntes cachondos: el hombre llevaba rellenos y acolchados en el pecho, estómago, vientre y bragueta para dar aspecto fuerte y viril. El paquete llegó a ser tan prominente que "se dice que incluso se guardaba allí el dinero". Y las mujeres no llevaban ropa interior, usaban unas camisas de algódón hasta las rodillas, sin nada debajo, y por encima las enaguas. 
No quiero dejar la oportunidad de recordar un periódico que fue precursor de la prensa moderna en España, una publicación de corte liberal con una cabecera más propia de la era de los 140 carácteres que de aquellos años de discursos y Cortes constitucionales. Se llamaba El Conciso. Era batallador, burlesco y satírico, de tan solo cuatro páginas pero seguro más cañero que toda la prensa nacional de la España de la crisis. ¡¡Viva La Pepa... Fashion Week!!

lunes, 26 de diciembre de 2011

UN RENÉ DANIËLS CON HIELO, PLEASE


Que si las joyas del Hermitage, que si el maestro Yves, que si la vanguardia soviética -en dos museos-, que si hojaldrinas y cava... qué sí que no, que caiga un chaparrón de granizo tipo cubito del chino pero ¡¡ya!!. Hoy he decidido borrarme del esplendor cultural que llena Madrid. Como colofón me he ido al Palacio de Velázquez (en El Retiro) y me he sentado en un suelo pétreo y templado frente a un monitor de televisión. Los vigilantes estaban tan desganados que han pasado de moi durante más de media hora. En la pantalla aparecían, sin parar, personajes de los años 70. Que si la actriz warholiana Cherry Vanilla pegando saltos, que si una banda holandesa llamada Naskam, que si las chicas punkis de The Slits, que si los Sex Pistols, que si el grupo londinense 999, que si el precursor de todo lo inimaginable Jonathan Richman... Vamos, glamour sin pulir. El hombre que grabó todas esas actuaciones se llama René Daniëls, un holandés que hoy tiene 62 años y una sola mano para crear desde que en 1987 un derrame cerebral le dejase manco y en tierra de nadie, donde siempre estuvo y nunca salió.


Daniëls se emparenta con dos Marcel (Duchamp y Broodthaers), se empapó de punk y new wave, no se subió al carro del neoliberalismo artístico ni a corrientes sopladas por vientos comerciales. Definiendo a Duchamp se describió así mismo: "(...) el logro de Duchamp se basa más, sin duda, en la expansión de los posibles modos de hacer arte (...) de usar todo lo que la vida nos ofrece. De usar lo que antes era tierra de nadie entre la literatura, el arte visual y la vida". Por eso, en el Palacio de Velázquez nos encontramos bocetos de chicas sentadas en el water, braga en tobillos, leyendo el Ulises de Joyce; acuarelas de patos skaters, flores de primavera que son más que palabras, barcas a la deriva, rostros inacabados, pinceles que atraviesan discos de vinilo, pajaritas arquitectónicas, linoleografías de borsalinos que ocultan rostros y grabaciones obsesivas de las bandas más rompedoras y underground del momento. This is not a love song pero sienta de maravilla para una mañana soleada y fría de resaca.





sábado, 10 de diciembre de 2011

IL DIVO Y LA TETA DE SABRINA


Esto, para bien o para mal, se trata de momentos estelares de la televisión. En alguno de los cajones cerebrales que aún mantengo a medio abrir, y utilizando la agilidad mental como arma suicida, dispongo de un archivo íntimo de joyas catódicas: Orzowei corriendo sin parar por la sabana más blanquecino que un zombi, el beso de Sandokán a su princesa malherida mientras huye con ella en brazos por la jungla, los hombres de Harrelson tomando de un armario-armería sus armas a toda prisa porque misión obliga, Alfalfa y sus colegas haciendo un pastel relleno de calcetines sucios en La bola de cristal, la teta de Sabrina, Arrabal bamboleando en un plató milenarista, Chiquito de la Calzada en plan Ian Dury, Aznar ‘trabajando-en-ello’, las capuchas etarras… y la actuación de ayer viernes de Il Divo en Sálvame de Luxe.
No he logrado recuperarme. Imposible de resetear.
El presentador muestra la carátula de su último disco (se acercan las navidades). Il Divo en letras enormes y el título, Wicked game, en chiquitito. ¡¡¡Nooooooooo!!! Nos cae versión de la canción de Chris Isaak. Reconozco que el tema me pone y si lo canta Pipilotti Rist, mucho más, pero vaticinaba que algo infernal iba a ocurrir en el plató y en playback. Surge en la escena un señor –que responde al nombre de Carlos Marín- con cara de solarium acompañado de tres jovenzuelos anglosajones mezcla de mormones y Los albóndigas en remojo. El maestro Jorge Javier les da luz verde. De pronto, el señor solarium, que también podría pasar por el hermano pijo y operado de Manolo García, comienza a poner cara de barítono y entona en italiano “The world was on fire and no one could save me but you”. Hostias. Hacía muchísimo que no lloraba del descojone, lo juro. Esa entrada de los coros haciendo creer que tenían distintos timbres mientras gritaban "I want to fall in love" no tuvo precio. Agotado de la risa empiezo a reproducir mentalmente las imágenes de esos poco más de dos minutos. Eran Los Chunguitos del bel canto. Con perdón para los  autores de Soy un perro callejero. Un padre y tres hijastros protagonizando una de las escenas más tremendas de la opera-pop, como ellos gustan llamar a su estilo. I never dreamed that  I knew somebody like you, auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu. Y yo también soy víctima de esta canción.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Tengamos la puta fiesta en paz


Ven papá que hemos de hablar. Mi corazón dadá lo he dado de propina. He conocido a una chica espectacular, miré su escote y me empadroné. Y es que papá, prefiero soñar despierto con caramelos que saben a tormenta, con misioneros que predican el insomnio, con cowboys que nos rodean con su lazo de palabras, con guitarristas de piernas como ancas de rana, con bipolares que llevan una regadera en la cabeza y regalan pompas de jabón luminosas, con el solar donde estaba mi recreo y ahora suben, bajan y agrandan areolas y pezones, con el acordeonista que cuenta antes de dormirse mujeres desnudas con jersey de lana pura de oveja, con la nieve que cae hacia arriba... Como un poco de chocolate y me lavo un poco el cerebro. Bebo agua y paso las noches contando los rayos del sol. Sabes, papá, que tengo cuentos castigados en el desván y que los mantengo prisioneros. Papá, no hay más que hablar. Sólo sé que un día fui Superman y que desde que estuve en la Escuela de los que están en las nubes prefiero soñar despierto. Si cierro los ojos notó al bombín y al borsalino llevarse demasiado bien, compartiendo secretos de alta sociedad. No quiero dormirme, ya llevo bastante lastre en el estómago, bastantes huesos, músculos y puses como para encima dormirme con penas, alegrías, preocupaciones, planes, promesas, recuerdos, gulas e iras, quejas, envidias, amigos que no están... Demasiadas cosas. Soy incapaz de encontrar la postura. Papá, vámonos al parque hasta que el gallo cante y la ciudad se escandalice. Tengamos la puta fiesta en paz.
[Post dominical hilvanado con frases sacadas de tres momentos muy surrealistas que he tenido durante la semana que se acaba: la lectura de 'De nuestros pájaros', un poemario de Tristan Tzara traducido por Francisco Deco (Editado por la Universidad de Cádiz) que me regaló mi amigo Perico; las visiones oníricas del concierto que Albert Pla y Pascal Comelade dieron el jueves 10 de noviembre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid; y la audición, una vez más, del último trabajo de Nacho Umbert & La Compañía, de título 'No os creáis ni la mitad']

sábado, 15 de octubre de 2011

14-O, Pena negra, 15-O, la rabia


Tenemos que avanzar aunque sea a rastras. Ayer por la noche volví a Carabanchel. Hacía años que no pisaba un barrio al que tengo especial cariño. No conozco sus bares o a sus vecinos, pero es el lugar al que llegó mi madre en los años 60. De varear olivos en un pueblecito de Jaén a la casa de sus primos en Carabanchel. No traía nada en la bolsa de pita, solo ganas. Ayer estaba de suerte. La noche del 14-O era mi particular jornada de reflexión ante el 15-O, eso que han llamado la jornada global de la indignación. Megaló-Teatro Móvil era el destino de mi reflexión. Dramaturgia, danza contemporánea... uff. Sobredosis para un postpunkpequeñoburgués. No sé si lo soportaría. Estoy acostumbrado a que la belleza esté colgada en una pared, en una pantalla fija o en la barra de un bar de Lavapiés.Pena Negra era el título de la pieza que iban a interpretar Coral Troncoso (Naná) y Nicolás Rambaud (Mago). En la cuarta pared, veinticinco espectadores. En la primera, una gran pizarra llena de fórmulas fantasiosas. Y sobre el suelo, un arcón y un silla mecedora. "Aquí estamos bien", decía la protagonista mientras buscaba una solución en la enorme pizarra. "Teníamos risa, euforia, imprudencia, riesgo, exceso, vicio, ironía, deseo, opinión, asombro, amor... y ahora solo aspiramos a guardar la compostura". Naná (la fuerza descomunal de Coral salía por las órbitas de sus ojos, por los músculos de su cara, por su descoyuntado cuerpo) pedía a su amado el elemento que faltaba para volver a volar, para dejar de ser sumiso: la rabia. Nicolás se arrastraba, giraba, lamía el suelo, la pena negra, con su torso, con sus brazos, con su rostro, con su espalda. No hay fórmulas mágicas para frenar el paso del tiempo, ese tiempo que se come la rabia y el deseo, el asombro y la imprudencia. Suena de nuevo el piano, Mago intentaba otro giro desesperado del que no tiene nada, caía en picado para volver a intentarlo. La rendición no vale. Hay que avanzar aunque sea a rastras. Espectáculo intenso donde los haya. Aplausos sin parar y el pago (financiación) es la voluntad de los espectadores metida en un pequeño sobre donde cabe de todo. Salí, necesitaba aspirar humo de cigarrillo y aire carabanchelero. Pena Negra. Buscando esta mañana encontré El Romance de la pena negra de Federico García Lorca. "Vengo a buscar lo que busco / mi alegría y mi persona". Así que está tarde me lanzo a la calle, aunque sea para recuperar la opinión, el asombro, la imprudencia, la ironía, el vicio, la risa... y la rabia. Gracias Coral, gracias Nicolás.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Meublé, picadero... llámalo X


Seleccioné Blue Hotel en mi iPhone esperando la inspiración californiana y sólo fui capaz de entonar el estribillo. Traté con suavidad la palanca de cambios hasta meter sexta mientras de reojo una morena que hacía juego con el coche se quedaba en taconazos y lencería negra de bordados y transparencias. Aún no habíamos enfilado la carretera de Extremadura, el sol se diluía entre polígonos industriales. Destino: Venus Hotel, un meublé (love hotel, picadero… llámalo X) de reciente apertura allá por Móstoles. En la cartera, dos tarjetas, la de pagar y la de entrar gratis, un pase de cortesía con fecha de caducidad. Era mi primera vez en un afterwork de estas características. Un edificio bunkerizado gris y rojo era la señal. Discreción asegurada. Aquí no vale ir de exhibicionista ni voyeur. Nadie te ve y a nadie verás. Sin bajarnos del coche, una mano abre una pequeña ventanilla. Tarifas IVA incluido para todo tipo de soñadores. Habitaciones temáticas, por horas, por precios. Eso sí, en todas el mínimo está asegurado: cama 2x2, jacuzzi, espejos en el techo y super pantalla plana. Tras identificarnos, un mando a distancia y una llave. Habitación 23. Conduzco hasta el garaje, un hangar lleno de puertas numeradas. Del coche a la suite. "Por favor, nos sube unas cervezas muy frias y unos saquitos de carne y verduras para acompañar", le dije por teléfono interior a una amable señorita. Maldita sea, por qué abriría esa carta forrada como un álbum de fotos. Me tumbé en la 2x2, miré al techo, vi lo que vi y me puse a leerla detenidamente. En todos los pies de página, la misma aclaración precedida de asterisco: “Los combinados con Red Bull tendrán un incremento en el precio de 1 euro”.  Si en los hoteles para no follar hablan de cocina de autor, sándwich de jamón y queso y servicio de habitaciones hasta las 23 horas, en estos meublés de amor transitorio o de tránsito hacia el amor, la cosa cambia. Tras el apartado de postres y souvenirs llegan los productos higiénicos: body milk, gomina, compresas (unidad), desodorante AXE, desodorante Sanex, kit de afeitado, kit dental. Así, textual y entre 0,60 céntimos y 5 euros. No se les escapa detalle. Que te entran manchis después del gozo en el alma grande, no problema. Galletas Oreo, crepes, napolitanas de chocolate... a tutiplén. Suena un timbrecillo. Una trampilla con doble puerta, de esas que usa el psicópata Banderas para bajarle la comida a la bella Anaya, esconde el pedido, incluido el cenicero. Of course. Abro el botellín al estilo ‘chico del Retiro’ y descubro que junto a la 2x2 hay una… barra de stripdance. Nena, que empiece el espectáculo.